Existe una vieja historia: Cratildo, discipulo de Heráclito, concluyó que, por ser todo lo real permanentemente fluir, nada podía ser nombrado pues el nombre "fija". Entonces enmudeció -renunció a la lengua- pára sólo indicar el flujo de lo real coln su dedo índice y así ser más fiel al curso del devenir. De mpodp análogo hoy el torrente del devenir pareciera haber aumentado su flujo, y todo nos pasa por arriba. Vivimos excedidos y, por lo tanto, sin la posibilidad de una historia.
Vivir sin lengua recoge seis ensayos breves que problematizan las consecuencias culturales de dos componente de nuestra experiencia epocal: la aceleración de nuestras vidas y la no disponibilidad del futuro. Para dicho ejercicio el autor recurre tanto a la constatación de experiencias comunes con el lector, como al utillaje de su campo de trabajo: la teoría de la historia. Sin embargo, dicho campo es sólo la "cantera" de la que extrae rudimentos teóricos para pensar los problemas aquí planteados. No es un libro cerrado a especfialistas, al contrario, busca acompañar las cavilaciones de todos quienes se planteen problemas circundantes a los abordados acá.